Felipe se quería vengar y Francisco era testigo de
cómo su aliado preparaba el maldito detonador, un artefacto de siete
centímetros de ancho por quince de largo que respondía a un teclado compuesto
por una decena de números que iban del cero al diez, como un teléfono pero no
lo era: de su extremo superior salía un cable negro con conexión directa a una
antena parabólica, instalada entre el tanque de agua y la chimenea del tejado
de la casa. Parecían dos niños entusiastas, regocijándose con un juguete, pero
ese artefacto no era inofensivo, ese detonador era despiadado, brutal, era el
arma predilecta del diablo: demolía hasta los huesos.
—Con esto —anticipaba Araña—, con esto vamos a
enviarlo al infierno —y se rascaba la oreja con el dedo pulgar.
— ¿Cómo hiciste? ¿Quién puso la bomba?
—Ese chofer que baleamos se vendió por treinta lucas.
Fijate vos qué desleal era el tipo que no sólo se encargó de entregar a la hija
de su jefe sino que además instaló la bomba en las cavidades del motor.
—Pero… ¿por qué no me avisaron?
—Muy buena pregunta. No pensamos que haría falta
utilizarla. Además, cuántas menos personas conocen nuestros ataques, más
redituables resultan ser. Ahora tenemos que aguardar el momento preciso para
detonarla.
— ¿Qué estamos esperando? ¡Qué estalle, carajo!
—exclamaba con todas sus ansias fuera de control.
—Esta obra de arte tiene un alcance que no supera
los treinta kilómetros. Ese infeliz recién ahora está ingresando en la ciudad.
¿Recordás qué le pasó a Agustín Sosa Hierro?
— ¿Volaste al empresario pesquero?
—Ni más ni menos. Fue un éxito rotundo. La clave
reside en ignorar la telefonía satelital y utilizar estos chiches asiáticos que
son una reliquia —le guiñaba con el ojo izquierdo.
—Me has dejado sin comentarios. Hazlo trizas,
¡carajo! No puedo esperar más.
—Tranquilo, don Francisco. Mis arañas ya lo tienen
rastreado. ¿Por qué no me invitás con uno de esos puros que siempre fumás?
—Sí, claro, ahora mismo iré por ellos —se paraba—.
Están en mi saco, en la planta baja.
Francisco se ilusionaba, y con esas ilusiones
liberaba unos pasos ligeros en dirección a la escalera, fantaseando con la
destrucción de su rival. Había pasado de la confusión a la extrema seguridad.
Araña era un matón jodido, eficiente, detallista y muy perspicaz. Las teclas
del detonador aguardaban su momento, solamente hacía falta digitalizar una
clave secreta para que el explosivo letal pudiera estallar.