Para
mis lamentos, su cuerpo yerto me hacía presumir que la vida del ave había expirado.
Si bien seguían abiertos, sus ojos penetrantes estaban muy tensos. Ya no
aleteaba. Tampoco chillaba. Definitivamente estaba subiendo al Cielo, pese a
que su cuerpo seguía a mi lado, inmóvil como el abundante pasto que había por
todos lados. ¡Lo había matado! No podía creerlo. Me sentía un ser nefasto,
despiadado. Emocionalmente atravesaba un momento muy enredado. En aquellas
tierras despobladas no había libros que pudieran darme un poco de consuelo.
Desesperado comenzaba a rodearlo con los brazos, como si el calor de mi cuerpo pudiese
reanimarlo. Mis esfuerzos eran en vano. ¡Lo había asesinado! Me paraba,
frustrado. El mono se había aislado. Tenía que hacer algo. No pensaba comerme
un animal que, como yo, tenía un pasado. En el suelo estaba la botella de
vidrio. Mordiéndome los labios, quitaba la media y, sin pensarlo, metía la boca
del envase en su pico ensangrentado. Salía corriendo. Tal vez el espíritu podía
devolverle todo aquello que, injustamente, yo le había quitado.