Había
piedras por todos lados, de tamaños varios, en una vasta superficie que tenía
unos doscientos —o tal vez trescientos— metros de diámetro. Las piedras más
cercanas al árbol, en el cual permanecíamos estacionados como pájaros, eran
amarillentas, como las espigas de trigo poco antes de la cosecha, y formaban
una esfera alucinante y perfecta, que además era inmensa, y luego le seguían
otras más pequeñas, como si representasen desconocidos planetas. Yo las
contaba, inmerso en mi curioso silencio, mientras Astor me arañaba las piernas.
En total eran quince esferas, sin contar la primera, y en el centro de la superficie
se elevaba la tierra, como si asomara una cueva. No tenía dudas: aquellos seres
buscaban comunicarse con entes de otros planetas.