domingo, 7 de septiembre de 2014

EL MISTERIOSO CASO DE BENITO

A Benito le crecían las uñas de las manos. Tenía 12 años y su abuela no podía detenerlas. Usaba dos tijeras filosas para poder contenerlas. Por la mañana, bien temprano, le cortaba —al menos— tres centímetros, y por la noche otros cinco, pues durante el atardecer le crecían más deprisa. Ella no quería que los vecinos tomaran conocimiento de semejante barbaridad natural, o antinatural, porque a los 13 le comenzaron a crecer también las uñas de los pies, y los cortes pasaron a ser más complejos: por la mañana, siete centímetros, y por la noche, otros doce. De todos modos sus zapatos no resistían y se le agujereaban, al desdichado Benito. Su abuela solía encerrarse en el baño y lloraba, sin consuelo alguno, pero siempre se refregaba la cara y luego se maquillaba porque no quería demostrar lo mucho que sufría. Una tarde no aguantó más: tomó el teléfono y llamó al médico del barrio. Vivían en Bragado, la ciudad. Sin embargo cuando lo saludó le cortó. Le daba vergüenza. Su estado mental se estaba desequilibrando, ya no sabía cómo hacer para convivir con un muchacho a quien le crecían las uñas sin cesar.
Una noche invernal, justo cuando una tenue llovizna comenzaba a regar las plantitas de su patio, abrió la puerta que comunicaba con la calle y se marchó. No regresó jamás. Nueve días después un pibe fue hallado con las uñas de los manos perforándole los pulmones, muerto.


Autor: Juanma Giaccone (06/09/2014).