viernes, 12 de septiembre de 2014

“EL DULCE PORVENIR”

Lo llamaban “El dulce porvenir”. En realidad se llamaba Luis, Luisito para sus íntimos, y “Luí” para la chinita, su amada. Luisito clavaba la pala en la tierra fértil, o infértil, no le importaba un carajo, y el acero brotaba esperanzas, porque donde ponía el ojo ponía la pala, y con la pala surgía el progreso. Tanto es así que, un inolvidable 14 de febrero de 1915, perforó con ansias una zona de la pampa y germinó la semilla de un pueblo, en una zona desierta, de aullidos y voces, quejumbrosas. Una crisis económica tajaba el porvenir nacional. Eso lo alentaba a seguir clavando esa pala que nunca se oxidaba, y de esos pedazos de tierra brotaban casas, y escuelas, e intendencias, como semillas regadas. “Esa pala tiene poderes sobrenaturales”, murmuraban los pueblerinos que paleaba, como si los juntara con una escoba, pero Luisito vivía en un ranchito, humilde, a la vera de un denso monte, aislado, habitado por cerdos, y vacas, y perros, un tanto hambrientos. Luisito solía desafiar las leyes de la naturaleza pero apenas sembraba su pedacito de tierra. Nadie entendía nada. Es que su pala escondía un secreto que aún hoy nadie puede revelar, menos yo, un simple mortal que busca esa pala enterrada, como tantos otros.

Autor: Juanma Giaccone (11/09/2014).